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miércoles, 30 de enero de 2008

POSDATA A EXPLORADORAS

"Donde los osos" óleo sobre lienzo" 100 x 81 cm

Hubo una gran polémica en su momento por decidir quién había llegado primero al Polo Norte: Peary o Cook.

Los dos mentían, más Cook que Peary, que ha quedado definitivamente como (supuesto) "conquistador del Polo Norte". La cosa no tiene, en realidad, mayor importancia. Bueno, no tiene ninguna.

Lo que personalmente recordaré como definitorio de la personalidad de Peary es otra "hazaña" bien distinta.

Habiendo sabido que los inuit -a quienes cononocemos generalmente como "esquimales"- obtenían, desde tiempos inmemoriales, todo el hierro que necesitaban para sus herramientas y armas de caza de dos voluminosos meteoritos compuestos en su práctica totalidad por este metal, decidió cargar ambas -no una, sino las dos- rocas en sendos trineos, y llevárselas para vendérselas a una institución científica en cuyos sótanos yacen todavía entre decenas de muestras mineralógicas similares.

A los inuit, que se habían quedado -carentes tanto de conocimientos de minería como de posibilidades de desarrollarla en sus planicies heladas- sin posibilidad alguna de conseguir hojas para sus cuchillos, anzuelos o puntas de arpón,les dijo campechanamente que "ya no tendrían que preocuparse por obtener hierro: podrían comprar cuantas herramientas quisieran a los hombres blancos"

Y ahora que alguien me diga si, en comparación con esta canallada cultural, la fazaña de pisotear por primera vez el punto geográfico del Polo Norte De Los Cojones tiene más valor que una blanca bola de nieve sobre la que, alegremente, caga un oso polar.

Por cierto: los osos polares TIENEN LA PIEL NEGRA.

domingo, 6 de enero de 2008

exploradoras

Periódicamente se publican artículos para desvelar la existencia, supuestamente olvidada aunque periódicamente recordada por estos mismos artículos, de mujeres exploradoras. Son una media docena, quizá hasta docena y media de mujeres ya conocidas casi por todo el mundo, que parecen apuntalar la idea de que, aún ocultadas, las mujeres han tenido un papel activo e importante en este campo de la expansión occidental.

Pero no, no es cierto. Por muy meritorios y sorprendentes que sean estos contados ejemplos de aventureras, no resisten la comparación, ni en importancia ni en cantidad, con las decenas de exploradores conocidos ni con los centenares de exploradores anónimos que al servicio de los ejércitos, las compañías comerciales o los servicios de espionaje y diplomacia recorrieron las más recónditas y hostiles regiones del globo desde más o menos el siglo XV.

No hay igualdad entre hombres y mujeres en este -y otros- ramos de la fabricación de la Historia Universal. Las fazañas y laureles son netamente masculinos en su estilo y en su terca actividad.

Pero no es cuestión, para las mujeres, de desmentirlo ni de lamentarse por ello si tenemos en cuenta el cúmulo de dolor, de injusticia y de civilizadora barbarie que estas aventuras acabaron por colocar como sórdidos cimientos de la unificación del mundo.

Desde un punto de vista pacífico y objetivo, es mucho más positivo el balance de lo conseguido para el bienestar del prójimo por las señoras que se quedaron en su tierra tricotando, batiendo la mantequilla o pintando a la acuarela.

Pero entendamos -para salirnos de la dicotomía entre lo feminista y lo patriarcal- que estas mujeres están acompañadas en la no-historia por aquellos varones dedicados a destripar terrones, cepillar tablas o tocar el flautín sin meterse en peligros, ni distancias, ni heroísmos.