martes, 7 de octubre de 2008

TITANIA



Has poblado el silencio de crujidos de oro
erizando temblores en los pequeños lomos que cobija la tierra
el minucioso y frágil ejército de arcilla que acarrea los musgos.

Sin rozar la hojarasca, por lo espeso
tus blancos pies descalzos
levitan a dos dedos de las sombras del suelo.

Es tuya esa mirada que crepita cristalizando el aire
coagulando una lámina de temor sobre el bosque:
Se presienten tus uñas, tus pequeñas zarpas
tu brazo salpicado de gotitas oscuras que pruebas con la lengua
abatiendo tus párpados con lentitud viciosa.

Ah, sí, tú te enderezas brillando de inocencia
muerdes jugando el tallo salino del hinojo
te cubres de una capa traslúcida y dorada
que hace fluir alegre, irremediablemente
la fuerza luminosa del poder que te habita.

Ahora sueño contigo
yo me esfuerzo
en soñar tu silueta que se disuelve y huye
atravesando el bosque como un vendaval ebrio
que hace bailar las hojas.

Sí, busco en tus senderos esa huella levísima
traza que se evapora, imperceptible, hermosa;
una brizna perpleja que abandona su forma
para fundirse luego con el terco jadear de la maleza.

Sí, me esfuerzo, concentro
mi entresueño, mi anhelo en la frágil corteza
del bosque recorrido por los destellos de ansia,
en los secretos poros donde van aflorando
manantiales que alegran los bordes de tu mundo.

Pero ahora no apareces ni se muestran tus manos delicadas
ajenas al temblor, hambrientas, implacables
cuya caricia muda el color de los frutos
y hace aullar de terror a los maizales.

No, ahora surcas en círculos el límite
de las espinas hoscas, las fronteras agrestes
contra las que comprimen los prados su dulzura
y recorres un reino en donde el tiempo encalla
para ser devorado por la vida imparable que hierve silenciosa.

Ahí se ciñe, se encierra
tu inconsciencia sin nombres, tu desdeñoso olvido
tu plateado reino de impiedad
Titania.

ESCULTURA. CEREZO.

Mi bosque.






Fotos José Espona

lunes, 6 de octubre de 2008

viernes, 3 de octubre de 2008

miércoles, 24 de septiembre de 2008

lactarius mysticus


Ayer tarde fuí, como siempre, al bosque con el perro. Encontré bastantes setas (níscalos, lactarius deliciosus) lo cual es raro tan pronto. Las llevé a casa, las preparé con arroz y me las tomé de cena.Quizá se me haya colado algún hongo de otra variedad, porque al dormirme -muy tarde- tuve un sueño espectacular.

Estaba en el fondo de un acantilado; sus paredes me circundaban formando un enorme tubo que ascendía hasta el cielo. Del muro circular colgaban espesas y enmarañadas plantas trepadoras entre las que chorreaba continuamente agua que se pulverizaba en su caída, como en una selva tropical. Miré hacia lo alto y abrí los brazos en cruz mientras tomaba aire con fuerza.

Mis pulmones se hincharon; notaba la presión del aire en el interior del pecho, como cuando se bucea en lo hondo. De pronto, toda esa tensión de los brazos abiertos y echados hacia atràs y de la respiración contenida, se convirtió en un impulso hacia arriba, y comencé a ascender como si un hilo invisible me arrastrase en dirección al resplandor del cielo.

Sentía una sensación ambigua, entre un temor asombrado y la alegría infantil de desprenderse del propio peso, entre el arrancamiento de mí mismo y la ligereza.

Al ir llegando al borde superior el resplandor era intensísimo: todo se volvía blanco. En ese momento dije: es dios!- y me sentí lanzado hacia afuera de mí mismo, como si estallase desde dentro. Creo que grité, pero con una satisfacción extraña, una liberación sorprendente...y me desperté.

No soy creyente en absoluto, (no creo ni en la materia), pero siempre he sentido que el germen del sentimiento religioso crece en una experiencia íntima de raíz física, hincada en nuestro mismo cuerpo,y en la incomprensibilidad del cuerpo por parte de la mente.

A lo largo de mi vida he tenido dos o tres sueños espectaculares que todavía recuerdo. ¿En qué se diferencia el recuerdo de un sueño del recuerdo de un suceso real?...según dicen ahora los neurólogos, las neuronas que imaginan el futuro son las mismas que las que recuerdan el pasado.

La cúpula del hongo
ese templo pequeño
guardando los ensueños,
la locura del bosque.


Imagen digital José Espona

lunes, 7 de julio de 2008

CAPERUCITA Y EL LOBO


En el centro del bosque
diminuta, perfecta
sin aplastarla pisan tus leves pies la hierba
roza apenas tu paso ese color feliz de las violetas.

Ah, pequeña, pequeña
una manzana roja en medio de mi sombra, de mi niebla.
Un olor a lavandas enterradas:
el temblor de la caza me despierta.

Te has dormido debajo de un castaño viejísimo
discos de vidrio vuelan, te circundan
delgados, transparentes
emitiendo en su giro una vibración sorda.

Pasan junto a las hiedras y hacen temblar sus hojas
recogen la humedad intacta del rocío
susurran en la sombra miedosa del helecho
gimiendo y repitiendo voces de desamparo.

Son tus sueños, mis sueños y los sueños del bosque
fabricados en donde todos somos lo mismo
deslizando su vuelo en el aire pesado
sin detener la magia de su giro lentísimo.

Han entrado, inconscientes, en la tierra del lobo
ingenuamente hieren sin motivo mi sombra, mi amargura
se acercan hasta el filo de mis dientes, jugando
a remover las brasas de mi soledad.

Ah, pequeña, pequeña
el resplandor alegre de tu capa escarlata
es una herida viva en el sopor dorado de las hojas caídas
y un dolor dulce de hambre me oprime la garganta.

Te acecho sometido a la ley que me rige
a ciegas, brutalmente, destruyo lo que amo
buscando a su través el sitio de mi paz
y no lo encuentro.

Detrás de tu quejido tan solo había un espejo
reflejando mi horror sediento y asombrado
más solo todavía, solo con lo imposible
(en mis zarpas lloraba tu corazón minúsculo).

Me encierro en mi cubil, ahora huyo de los pájaros
me doy a un sueño triste que lastiman tus ángeles
que habrán de abrirme el pecho porque salgas
de nuevo hacia la vida, ligerísima.

Eres toda de plata, tu caperuza roja
sobrevuela los pinos, los retorcidos robles.
Te veo abandonarme, luminosa, veo como te alejas
circundada por húmedos, lentos aros de vidrio susurrantes.

Esos aros que vibran, tu juguete, mi muerte
todavía conservo en los ojos abiertos
un resto de mirada que te busca, que observa
los aros transparentes, volanderos, brillantes

Que lentamente giran en el aire encendido
vibrando y repitiendo voces de desamparo.


Foto José Espona

miércoles, 4 de junio de 2008

LEGADO

Erik Satie, músico raro, humilde -capaz de volver a tomar clases de composición en su madurez, al parecerle que no dominaba correctamente el contrapunto- y solitario a pesar de su contacto con jóvenes músicos, fue siempre muy pobre. Sobrevivía gracias a su trabajo como pianista de variedades, mientras componía sin beneficio alguno, escribía textos extravagantes y realizaba proyectos ideales de castillos de metal que ofrecí-oferta imposible de realizar- en alquiler a través de anuncios por palabras en los periódicos.

Del artículo Erik Satie (epílogo) de la Wikipedia, transcribo un listado de lo que se encontró en la habitación de las afueras de París donde residía.



"Hasta el año de su muerte en 1925, absolutamente nadie excepto él entró a su habitación en Arcueil desde que se mudó hacía veintisiete años. Lo que sus amigos descubrieron ahí, después de su entierro en el cementerio de Arcueil, tenía el encanto de la tumba de Tutankamon; además del polvo y las telarañas (lo cual entre otras cosas hizo claro que Satie jamás compuso usando su piano), descubrieron numerosos objetos:

  • una colección de unos cien paraguas, algunos aparentemente jamás usados;

  • el retrato que le hizo su amiga Suzanne Valadon en 1893;

  • cartas de amor y dibujos de la época de Valadon;

  • otras cartas de todos los períodos de su vida;

  • su colección de dibujos de edificios medievales (hasta entonces sus amigos empezaron a ver la relación entre Satie y ciertos anuncios de periódico anónimos acerca de “castillos en plomo” y cosas parecidas);

  • otros dibujos y textos de valor autobiográfico;

  • otras cosas memorables de todos los periodos de su vida, entre ellos siete trajes de terciopelo del periodo del “caballero de terciopelo”.

Pero lo más importante, había composiciones de las cuales nadie había oído hablar (o que se creían perdidas) por todos lados: atrás del piano, en las bolsas de los trajes de terciopelo, etc. Estas incluían las Vexations, Geneviève de Brabant, y otros no publicados o no terminados, como “el pez soñador”, muchos ejercicios de la Schola Cantorum, un conjunto no conocido de las piezas “caninas”, algunos otros trabajos para piano, muchas veces sin título (las cuales fueron publicadas como Nuevas Gnossiennes], Pièces Froides, Enfantines, Música de amueblamiento, etc.)."


martes, 27 de mayo de 2008

MEMORIA

Ningún pitagórico se levantaba del lecho hasta que no hubiera rememorado las ocupaciones del día anterior; y esto lo realizaba esforzándose en recordar lo que dijo u oyó o mandó hacer a sus domésticos en primer lugar, o lo que dijo, oyó o mandó en segundo y en tercer lugar. Empleaba el mismo método para el resto del día.Tenía que intentar recordar quién fue la primera persona que había encontrado al salir de casa, quién la segunda o tercera con la que había conversado. Otro tanto tenía que hacer con todo lo demás, esforzándose en resumir en su memoria todos los acontecimientos de la jornada, y en el mismo orden en que le habían ocurrido. En el caso de que después de levantarse tuviera bastante tiempo libre, el pitagórico rememoraba los acontecimientos del día anterior al de ayer.

Yámblico, Vida de Pitágoras
en "Filósofos griegos, videntes judíos"
de I. Gómez de Liaño, ed. Siruela
ISBN 84-7844-501-3

miércoles, 9 de abril de 2008

MUERTE HEROICA

Según cuenta la leyenda, el mariscal Francisco Solano López antes de morir, intentó tragarse la bandera paraguaya, con la intención que los enemigos no se la llevaran como un trofeo.