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sábado, 15 de noviembre de 2008

ANTONIO GAMONEDA; "Libro del frío"


Imagen digital José Espona


Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin, éste no es mi lugar, pero he llegado.

A. Gamoneda; "Libro del frío", "Geórgicas" p. 31

lunes, 7 de julio de 2008

CAPERUCITA Y EL LOBO


En el centro del bosque
diminuta, perfecta
sin aplastarla pisan tus leves pies la hierba
roza apenas tu paso ese color feliz de las violetas.

Ah, pequeña, pequeña
una manzana roja en medio de mi sombra, de mi niebla.
Un olor a lavandas enterradas:
el temblor de la caza me despierta.

Te has dormido debajo de un castaño viejísimo
discos de vidrio vuelan, te circundan
delgados, transparentes
emitiendo en su giro una vibración sorda.

Pasan junto a las hiedras y hacen temblar sus hojas
recogen la humedad intacta del rocío
susurran en la sombra miedosa del helecho
gimiendo y repitiendo voces de desamparo.

Son tus sueños, mis sueños y los sueños del bosque
fabricados en donde todos somos lo mismo
deslizando su vuelo en el aire pesado
sin detener la magia de su giro lentísimo.

Han entrado, inconscientes, en la tierra del lobo
ingenuamente hieren sin motivo mi sombra, mi amargura
se acercan hasta el filo de mis dientes, jugando
a remover las brasas de mi soledad.

Ah, pequeña, pequeña
el resplandor alegre de tu capa escarlata
es una herida viva en el sopor dorado de las hojas caídas
y un dolor dulce de hambre me oprime la garganta.

Te acecho sometido a la ley que me rige
a ciegas, brutalmente, destruyo lo que amo
buscando a su través el sitio de mi paz
y no lo encuentro.

Detrás de tu quejido tan solo había un espejo
reflejando mi horror sediento y asombrado
más solo todavía, solo con lo imposible
(en mis zarpas lloraba tu corazón minúsculo).

Me encierro en mi cubil, ahora huyo de los pájaros
me doy a un sueño triste que lastiman tus ángeles
que habrán de abrirme el pecho porque salgas
de nuevo hacia la vida, ligerísima.

Eres toda de plata, tu caperuza roja
sobrevuela los pinos, los retorcidos robles.
Te veo abandonarme, luminosa, veo como te alejas
circundada por húmedos, lentos aros de vidrio susurrantes.

Esos aros que vibran, tu juguete, mi muerte
todavía conservo en los ojos abiertos
un resto de mirada que te busca, que observa
los aros transparentes, volanderos, brillantes

Que lentamente giran en el aire encendido
vibrando y repitiendo voces de desamparo.


Foto José Espona

domingo, 20 de enero de 2008

descanse en paz


Entrando el bosque con el perro sentí una especie de debilidad. Comencé a sudar frío, con una sensación de desfallecimiento que me mareaba. Como aún estoy convaleciente, me pareció explicable y lo supuse efecto de las medicinas que estoy tomando.

Me metí dentro del bosque, a través de los senderos anegados, pisando la espesa capa parda de hojas caídas que se iban ennegreciendo por la humedad, apartando los brotes espinosos de las zarzas que continuamente crecen estirándose para ocupar el camino, hasta que pude llegar a sentarme en el tronco del pequeño claro donde el bosque se acaba.

Me adormecía, pero la sombra me daba frío. Levantándome, silbé al perro y me dirigí a la finca abandonada, plantada la mitad de pinos y la mitad de manzanos que linda con el bosque. Hacía un sol hermoso, un sol brillante en la mañana de invierno.

Tumbado sobre las agujas marrón rojizo, comencé a amodorrarme de nuevo, mientras oía con una nitidez extraña, perfecta, los pequeños ruídos que brotaban aquí y allá. Un grupo de pájaros piando, las pisadas de perro que daba vueltas a mi alrededor olisqueándome de vez en cuando, intrigado por mi extraña postura, zumbidos de motor muy lejanos...

Pensé -sintiéndolo como una especie de placer- que si en ese momento se me apareciese la figura cariblanca y solemne de la muerte (en figura de personaje de "El séptimo sello" que había visto la tarde de ayer) y me dijera que éste iba a ser el momento de mi muerte, tendría que hacer un esfuerzo de voluntad para llegar a pedirle que volviese más tarde.

Se estaba tan bién así, dejándose ir en el desfallecimiento, hundiéndose en aquella luz, entre los árboles, con el tacto tibio y crujiente de las agujas de pino acogiendo los huesos de mi espalda...una felicidad física, en un rincón sin tiempo.

Recuerdo un poema que tiene algo que ver. Lo escribí hace mucho, en una situación emocional muy distinta. Quizá estaba esperando el día de hoy.



Ah, sombra transparente que me acoges, me envuelves
sin dolor y sin tacto en el umbral del abandono.

Tu voz es incolora y fluida como el agua
manando hacia mis párpados fatigados los duerme
cuando tomo en tus labios cristales que se entibian
mitigando la brasa que me lastima el sueño.

Tu untarás en mi espalda la saliva, el ungüento
la caricia que calma los huesos de mi edad
para que como un grueso pez gris me hunda en silencio
muy despacio en el seno lechoso del olvido.

viernes, 27 de julio de 2007

sábado, 2 de junio de 2007

DURMIENTE 1.Madera de ciprés.


chasquidos en el monte
los arbustos
cobijan a ese pueblo pequeño que pulula entre el miedo.

y entre el olor nocturno mi raposa se escurre
al final de las patas le han crecido manitas delicadas

sus uñas de azafrán marcan en mi sudor diez líneas rojas
y con la lengua escribe un lema obsceno
entre las hojas nuevas.

viernes, 1 de junio de 2007

en el bosque

Ron
José Espona








hermanita,camina
por la oscura pradera donde tienes tu reino

te saluda furtiva la liebre lunar
y en la espesura
te observan amarillos
los ojos silenciosos del milano

retorcidas raíces han escrito tu nombre
bajo el tronco de un roble agobiado de hiedras

tus pies pisándo ingrávidos sobre la piel del agua
recibirán el beso sombrío de las carpas

(lazos que se desatan en tu ropa
encajes que disfrutan su levedad cayendo
te haces sombra desnuda perfilada de plata
bajo la que concentra sus perfumes la tierra).