
Entrando el bosque con el perro sentí una especie de debilidad. Comencé a sudar frío, con una sensación de desfallecimiento que me mareaba. Como aún estoy convaleciente, me pareció explicable y lo supuse efecto de las medicinas que estoy tomando.
Me metí dentro del bosque, a través de los senderos anegados, pisando la espesa capa parda de hojas caídas que se iban ennegreciendo por la humedad, apartando los brotes espinosos de las zarzas que continuamente crecen estirándose para ocupar el camino, hasta que pude llegar a sentarme en el tronco del pequeño claro donde el bosque se acaba.
Me adormecía, pero la sombra me daba frío. Levantándome, silbé al perro y me dirigí a la finca abandonada, plantada la mitad de pinos y la mitad de manzanos que linda con el bosque. Hacía un sol hermoso, un sol brillante en la mañana de invierno.
Tumbado sobre las agujas marrón rojizo, comencé a amodorrarme de nuevo, mientras oía con una nitidez extraña, perfecta, los pequeños ruídos que brotaban aquí y allá. Un grupo de pájaros piando, las pisadas de perro que daba vueltas a mi alrededor olisqueándome de vez en cuando, intrigado por mi extraña postura, zumbidos de motor muy lejanos...
Pensé -sintiéndolo como una especie de placer- que si en ese momento se me apareciese la figura cariblanca y solemne de la muerte (en figura de personaje de "El séptimo sello" que había visto la tarde de ayer) y me dijera que éste iba a ser el momento de mi muerte, tendría que hacer un esfuerzo de voluntad para llegar a pedirle que volviese más tarde.
Se estaba tan bién así, dejándose ir en el desfallecimiento, hundiéndose en aquella luz, entre los árboles, con el tacto tibio y crujiente de las agujas de pino acogiendo los huesos de mi espalda...una felicidad física, en un rincón sin tiempo.
Recuerdo un poema que tiene algo que ver. Lo escribí hace mucho, en una situación emocional muy distinta. Quizá estaba esperando el día de hoy.
Ah, sombra transparente que me acoges, me envuelves
sin dolor y sin tacto en el umbral del abandono.
Tu voz es incolora y fluida como el agua
manando hacia mis párpados fatigados los duerme
cuando tomo en tus labios cristales que se entibian
mitigando la brasa que me lastima el sueño.
Tu untarás en mi espalda la saliva, el ungüento
la caricia que calma los huesos de mi edad
para que como un grueso pez gris me hunda en silencio
muy despacio en el seno lechoso del olvido.